Relato “Relato nocturno” de Jonathan Gómez Narros

Apenas recuerdo el olor de tu cuerpo al dormir, cuando te respiraba sin que tú lo notaras, cuando me sonreías al soñarme. Apenas mi piel se acuerda de tu piel. Ya no la siente. Ya no siente, sin más. Quiere, pero no puede… Recuerdo aún tu figura negra a mi lado, ese bulto durmiente junto a mí, dándome calor y paz, calor y seguridad, calor que ahora no tengo… Aún te pienso sonriendo en sueños. Aquella sonrisa blanca, transparente, cristalina que se convirtió en obsesiva, decadente, marchita… Te toco, todavía, en mi mente. Te recorro con mi mano todo tu cuerpo, sin dejarme un solo rincón… como a ti te gustaba… Mi mano se mueve, espasmos que no controlo, rozando las yemas de mis dedos con tu espalda. Dulce, delicadamente, con miedo a que te rompas… Te beso, sí, te beso todavía en tus labios, en tus ojos, en todo tu ser, sin poder contenerme, sin remisión, perdiéndome, sin posibilidad de salvación para mi alma de hombre que ha pecado… Te pierdo, hoy, y me pierdo. Hoy rememoro el ayer con la esperanza de que despierte, algún día, de este sueño… Te sigo perdiendo. Hoy te veo marchar y te digo adiós, cumpliéndose el destino, haciéndose verdad todos mis miedos más profundos. Me pierdo y no me/te reconozco. Adiós a ambos…

Desde la cama, solitaria, le leía todos esos pensamientos. Uno a uno. Lo conocía bien. Demasiado bien. Se dio la vuelta y ahuecó el colchón. Que si me pasa algo, pregunta el cretino. No se da cuenta de que estoy aquí… Vuelve a colocar el rebelde almohadón y sube el embozo hasta su barbilla. Que si te pasa algo, cariño. ¿Estás bien?, vuelve a preguntar el lunático, abstraído. Todas las noches la misma rutina (la misma tortura): junto a la ventana la rememora. Se apoya en el alfeizar y respira el aire del exterior, dándole igual si yo paso frío, mirando embobado la Luna… La echa de menos, estoy segura. Sin prestar atención al calor que yo le regalo todas las noches… Insensible, maldito, capullo… Vuelve junto a mí y olvídate de ella.

Ya no existe.

Ya no está.

Como si estuviera muerta.

Es que está muerta… Ahora me ahogo mirando esa Luna negra. Me recuerda a tus ojos… No sé por qué te sigo pensando…  Aunque quiera„ no puedo olvidar… Me engaño a mí mismo ahora. Niego la mayor y me engaño. Entro en una espiral sin sentido. Me mareo. Vuelvo a tomar aire… Todo está tan oscuro, sin ti… Una bocada de aire me ahoga, me hace toser. Siento que mi garganta se obstruye… Ahora ya no juego como antes. Créeme, estoy limpio. De todo. Nadie como tú me ha ayudado tanto, pero te pierdo, me pierdo y no olvido. Una sola carta en una mano mala, malísima. ¿Qué hago? No lo sé. Dime, respóndeme, te lo exigió, ¿qué debo hacer para elegir la estrategia perfecta en este juego? No te oigo. Tu respuesta me llega muda. Veo cómo tus labios se mueven articulando palabras, pero no producen sonido. No lo oigo. ¡Maldita sordera! Quiero oír, quiero oírte… Lo necesito… Necesito comer, lo sé, pero no tengo ganas. Tengo tantas ganas… Me comería el mundo desde los cimientos, esa Luna que me mira desde arriba, ésa que mueve mis fluidos y me arrastra, engulléndome, hacia ti…Pero no. No lo hago. La pereza se ha apoderado de mí y no quiero nada, no quiero a nadie… Desprecio todo. Y por encima de todo, a mí mismo…

Vuelve a la cama, te lo exijo.

Un grito sordo, leves concatenaciones de fonemas o sonidos o silabas o palabras sin sentido llegaron hasta sus oídos. Le costó comprender, tan absorbido estaba por la belleza de la Luna llena de aquella noche. Eres tan preciosa… Se movía, sin quererlo. Se descalzó, se quitó la camisa y se acostó junto a ella. La abrazó, pero no era lo mismo…

Ella lo debería saber, o tal vez no…

Aumentó la intensidad del abrazo, deseando encontrar en aquel cuerpo lo que había perdido tiempo atrás. Ella se dejó hacer, como siempre. Suspiró. Él sonrió. Una extraña sensación de calor recorría su cuerpo. Un extraño trasvase de fuerzas, energías, no sabría cómo explicarlo… La cálida sensación se iba haciendo fuerte. Empezaba a sentir que el influjo de la Luna ya no le arrastraba. Volvió a sonreír. Se notaba la comisura de los labios tirante. Acercó sus labios a la espalda de ella. Un beso. Un único contacto hizo que a ella se le erizara la piel, el cuerpo entero. Un único beso los volvió a unir…

Nunca me volveré a ir lejos, me promete. Nunca abandonaré esta cama, le respondo…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *