Relato: “Ibrahim” de Jonathan Gómez Narros

«Nunca pude imaginar la placidez que da observar este mercado a primera hora de la mañana, sin ningún sonido, sin nadie que alborote el silencio a mi alrededor».

Como cada mañana este era su primer pensamiento al entrar por la puerta de su modesto pero importante puesto de artesanía y libros antiguos. Había sido una apuesta arriesgada, pero había conseguido un hueco en aquella ciudad, gracias a su buen hacer y al boca a boca, claro está.

Siempre recuerda con una sonrisa el día en el que, por primera vez, subió el cierre al público, los nervios previos en aquella habitación que se había hecho construir, a modo de trastienda; la envidia de todos los demás, que no se lo habían podido permitir.

Comenzó su ritual con la entrada del primer rayo dorado por la pequeña ventana de esa trastienda prácticamente vacía. Cerró los ojos, levantó las manos hacia el infinito, para que toda la energía del universo confluyera en él.

Se sentía feliz en su pequeño oasis de paz los minutos previos a la apertura de su puesto. Rodeado de libros y antiguallas estaba pleno. O casi…

En su ritual matutino siempre echaba la vista atrás, repasaba su vida, como terapia para mantenerse con los pies en el suelo: su familia, sus amistades, su país… En fin, sus orígenes… aunque, sin quererlo, ella siempre estaba presente…

Solía recordar cómo había llegado a estas tierras. La diosa Fortuna, repetía siempre a quien le preguntaba, me ha traído hasta aquí. Vine con una mano delante y otra detrás… Y ahora, míreme, negocio propio y con pasta.

Le encantaba alardear de su éxito. Había sido afortunado, mucho. Nada más llegar a la capital, apostó el poco dinero del que disponía a diversos juegos de azar (y a otros al margen de la ley) y en todos había pillado un buen pellizco. Con ese dinero, blanco y negro, compró un pequeño local en el mercado más concurrido del centro y empezó a mover todos sus hilos del mundillo del arte (y de los bajos fondos) para nutrirse de obras con las que labrarse una buena fama en aquel sitio. No le fue difícil, la verdad, porque tenía labia y dotes para la venta. No se sentía mal cuando colocaba a algún pardillo alguna que otra copia de tal o cual escultura o cuando vendió por una suma importantísima de dinero aquel manuscrito «original» de ese autor del XIX, que, en realidad, era una muy buena réplica que uno de sus compañeros de celda, que conoció cuando estuvo preso por aquel pequeño malentendido con las lumias, había falsificado… Pero la mayoría de la mercancía con la que trabajaba era buena, que digo, buenísima, de primera calidad. Por eso, todo el mercado lo tenía en tan buena estima.

Estiró los pies sobre la pequeña mesa de centro, ufano. Faltaban diez minutos para la hora en punto. Hora de empezar la jornada, de dar vida a su comercio… Aquel sería un día duro con el que esperaba conseguir pingües beneficios, gracias a un asuntillo, que se traía entre manos con un marchante que conoció hacía unas semanas en una feria de arte moderno.

Siguió con su ritual. Cerró los ojos y se imaginó la efigie de sus seres queridos, aquellos que, desde la distancia, le daban la fuerza suficiente para bregar con el día a día y mantenerse a flote…

Frunció el ceño.

Otra vez se habían vuelto a colar en sus pensamientos esos labios carnosos, esos ojos verdes, esa tez blanquecina, aniñada, angelical… Debía borrarla de su mente, pero no podía… Durante los ocho meses que llevaba allí, durante todos los días, en los que quince minutos antes de abrir, realizaba esa limpieza espiritual, catárquica, de una forma u otra, ella se presentaba ante él; unas veces servicial, otras, rebelde; unas llorosa y compungida, otras, alegre y vivaracha; de vez en cuando solo algunas partes de su fisionomía, la mayoría, de cuerpo entero, tal y como él la recordaba… Un fantasma del pasado, se decía. Siempre me perseguirá. No nos comportamos bien el uno con el otro… Su imagen en mi retina es mi penitencia…

Cinco minutos. Llegaba al final del proceso. Volvió a abrir los ojos, bajó la cabeza y comenzó a musitar una letanía que le había enseñado su abuela. No sabía muy bien lo que decía, porque el lenguaje natal de sus abuelos, no lo llegó a aprender nunca (quizá porque nunca quiso), pero la cadencia y la musicalidad de la oración le transmitía todo lo que debía de saber…

Estaba listo para comenzar el día. Solo una cosa más: se pasó los dedos largos y finos por su rubio cabello, gesto inusual en él, remedando lo que hacía su padre cuando se enfadaba con él o con sus hermanos…

Un elemento extraño cortó el litúrgico silencio de la pequeña sala e impactó contra la cerviz morena del comerciante. La víctima, agonizante, intentó ver quién le había convertido, en su propio ritual, en chivo expiatorio. Sus ojos mortecinos no daban crédito a lo que veían por última vez: aquella sacerdotisa se alejaba con el cuchillo sacrificial, limpiando la sangre del filo con su propio sufíbulo.  

El ritual había acabado para él, por siempre.

La noticia corrió como la pólvora entre todos los asiduos al mercado, comerciantes y compradores. El comentario general era que Ibrahim, el chico judío del puesto de artesanía, aquel apuesto joven que se había hecho un hueco en el mundillo y se le veía tan profesional, había caído en el mundo de las drogas y que debía una suma importante de dinero a gente poco recomendable.

Rumores, siempre son ellos los que enturbian la realidad. Nadie, nunca, sabrá la verdad de aquel sacrificio…

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El rumor de los aplausos me hizo despertar de mi letargo. Los ojos de los asistentes, los miles que abarrotaban el Paraninfo de aquella cervantina universidad, esperaban que subiera y emprendiera mi discurso de recepción de aquel premio que, sin creerlo, el jurado me había otorgado a mí. A mí. Con paso torpe, y ayudado a codazos por mi acompañante, adornada de un fular muy elegante que, en ocasiones especiales, hacía de velo, me erguí y me dirigí al púlpito desde donde agradecería este galardón. Aunque el miedo me iba paralizando, logré llegar al estrado y recitar aquel discurso que ella había escrito para mí. Al igual que todas esas espléndidas novelas… Llegando al final del escrito, las lágrimas rodaban por mis mejillas. La mayoría pensaría que la emoción me embargaba; sin embargo, la realidad era otra muy distinta: el galardonado era una mentira, un producto ideado por lo que en el mundillo llaman “negro”, que, en realidad, es el genio.

Su mirada me acuchillaba como el sacerdote hacía con la víctima sacrificada. Su sonrisa, dulce y enigmática, quedaba bien en pantalla, pero era ella, ella, la verdadera escritora, que quería mantenerse en la sombra…

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